Tras el 1-O: Naufragio en Cataluña

4 octubre 2017
VoxEurop

El pulso entre el gobierno de la Generalitat de Cataluña y el central presidido por Mariano Rajoy, que se escenificó en las escenas de violencia que marcaron el referéndum ilegal de autodeterminación del 1 de octubre, ha concluido sin vencedor y alejado la esperanza de una solución política de la cuestión.

La trampa se cerró. Por su arrogancia, su orgullo político cegado por el cinismo y la creencia ilusoria de que obtendría legitimidad política del uso de la fuerza, Mariano Rajoy se precipitó exactamente donde los nacionalistas catalanes querían llevarle: en la represión policial, la violencia inaceptable, la brutalidad insoportable.

El jefe del Gobierno quería mostrar los músculos. Sólo ha reavivado las sombras de la dictadura, las heridas del pasado de las que se nutren los nacionalistas catalanes. Ya vemos editoriales que escriben sobre un país (España) cuya clase dirigente de derechas sería la hija de la dictadura. Pero España en 2017, aun cuando envía sus policías a bloquear de manera escandalosa e inaceptable los "colegios electorales" catalanes no es un régimen autoritario, no tiene nada que ver con la represión franquista de oscura memoria. En todo caso, el mal está hecho.

El mensaje venenoso ha pasado. Será difícil en el futuro dar marcha atrás en la escalada y encontrar una solución política. Cuando la sangre fluye, la tinta de los negociadores se seca. Los nacionalistas, catalanes y españoles, ganaron y los europeos perdieron. Y perdieron cuando comenzaron a considerar con simpatía las exigencias de Barcelona. No es que no fueran ilegítimas. Los autonomistas catalanes exigen aún más libertad fiscal, cultural y administrativa. Exigen los mismos derechos y el mismo estatuto que obtuvo el País Vasco a cambio de la pacificación tras años de terrorismo.

La historia recordará que en 2006 el Gobierno socialista de José Luis Zapatero había concedido estos nuevos poderes a Cataluña. Posteriormente en 2010, su sucesor, el conservador Mariano Rajoy, puso en duda dicho acuerdo través de una decisión muy política del Tribunal Constitucional. Desde ese punto,el encadenamiento de hechos , el endurecimiento de los dos bandos, la caída. Porque los autonomistas debieron haberse detenido allí. Lógicamente, deberían haber seguido haciendo política e insistir sin descanso, como Sísifo, es sus reclamaciones, y trabajar para que otro Gobierno central retomara los acuerdos firmados en tiempo de Zapatero.

Es la oportunidad y el tesoro inestimable que ofrece cada democracia: poner sobre la mesa propuestas de forma recurrente para lograr progresos y compromisos. En cambio, prefirieron el salto hacia adelante, la escalada, las provocaciones de un Carles Puigdemont. Los hábitos de la autonomía fueron colocados al servicio del traje sulfuroso del independentismo cuando por todas partes del mundo el viento de la Globalización y el cuestionamiento de las certezas de antaño llevan a los ciudadanos a buscar puntos de referencia fáciles, chivos expiatorios, escapatorias políticas e identitarias. El nacionalismo catalán, se dirá, no es anti-Ue ni anti-inmigrante.

Es cierto. Los nuevos aprendices del nacionalismo, actúan, dicen, en virtud de su europeísmo, prometiendo que su secesión será tranquila porque será pacífica, progresista, abierta y consistente con los valores de la Unión. Pero, en realidad, han traicionado el espíritu europeo al soplar sobre las brasas y el resentimiento, han agitado la memoria de una Cataluña sometida en otros tiempos por los Borbones y luego martirizada por los franquicias. ¿No somos conscientes, por ejemplo, de que con frecuencia una parte de los seguidores barcelonistas se levantan a los 17 minutos y 14 segundos gritando "¡Independencia!" en recuerdo de la caída de Barcelona en 1714 conquistada por Felipe V?. Por supuesto, nadie puede ni debe negar que Cataluña fue uno de los principales bastiones de resistencia al Caudillo.

Pero en 2017, instrumentalizar este recuerdo constituye una ruptura, casi una violación del pacto que funda la Europa unida. No sólo porque la adhesión a la UE implica la idea de una cierta solidaridad entre las regiones y los ciudadanos y no un egoísmo económico regional, sino sobre todo porque los separatistas han agitado el veneno de la división, de la revancha, del resentimiento que conduce muy a menudo al odio. ¿Hay una sola reivindicación regional, sobre todo de tipo fiscal, que merezca correr el riesgo de poner en peligro la paz en un territorio que ha redescubierto la democracia, la libertad de opinión, cultural, de expresión después de tres años de una aterradora guerra civil y treinta y seis años de una sórdida dictadura?

"Para garantizar que todos los ciudadanos de una nación tengan algo en común es necesario que olviden muchas cosas de sus orígenes" recuerda Ernest Renan. Y este es uno de los principios absolutos de la Europa de la posguerra construida sobre las ruinas de los conflictos y el totalitarismo: la memoria de las tragedias, por supuesto y para siempre, pero también su superación. El recuerdo de las tragedias, pero también, siempre, el camino de la reconciliación. Al contrario, Carles Puigdemont ha elegido el camino de la confrontación. Mariano Rajoy el de la represión. El error para todos los europeos sería elegir un campo, excusar las acciones de unos por la intransigencia de otros. En este asunto no hay vencedores, sólo vencidos. Un naufragio en Cataluña.

El título del artículo hace referencia a Homenaje a Cataluña, de George Orwell (1938).

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