Retrato: Jürgen Habermas, el último europeo

2 diciembre 2011
Der Spiegel Hamburgo

Jürgen Habermas está harto. En los últimos días, el filósofo está haciendo todo lo que está en su mano para llamar la atención sobre lo que considera la desaparición del ideal europeo. Espera poder contribuir a salvarlo de los ineptos políticos y de las oscuras fuerzas del mercado. Extractos.

Muy enfadado. Está totalmente furioso, sí, porque se lo toma todo como algo personal. Da un golpe en la mesa y grita: "¡Basta ya!". Simplemente no quiere ver cómo Europa acaba en el cubo de la basura de la historia mundial. "En este caso hablo como ciudadano", afirma. "Preferiría quedarme sentado en mi casa, en mi despacho, créanme. Pero esto es demasiado importante. Todo el mundo tiene que entender que nos enfrentamos a decisiones críticas. Por eso me implico personalmente en este debate. El proyecto europeo no puede seguir con este carácter elitista".

¡Basta ya! Europa es su proyecto. Es el proyecto de su generación.

Con 82 años, Jürgen Habermas quiere que corra la voz. Habla desde un estrado del Goethe Institut en París. Normalmente dice cosas inteligentes como: "En esta crisis, los imperativos funcionales y los sistemáticos chocan", haciendo referencia a las deudas soberanas y a la presión de los mercados. A veces, consternado, niega con la cabeza y dice: "Es sencillamente inaceptable, sencillamente inaceptable", refiriéndose al dictado de la UE y a la pérdida de soberanía nacional de Grecia.

Y entonces vuelve a enfurecerse: "Condeno a los partidos políticos. Hace tiempo que nuestros políticos son incapaces de aspirar a algo más que a ser reelegidos. No tienen en absoluto fundamento político ni ninguna convicción". Por la naturaleza de esta crisis, la filosofía y la política que se debate en los bares a veces se encuentran al mismo nivel.

El golpe de Estado de los tecnócratas

Por eso está aquí sentado. Por eso ha escrito recientemente para el Frankfurter Allgemeine Zeitung un texto en el que critica el cinismo de políticos europeos y su “alejamiento de los idelaes europeos”. También acaba de publicar un libro, un "folleto", como él lo denomina, que el reputado semanario alemán Die Zeit se apresuró a comparar con el ensayo "La paz perpetua" de Immanuel Kant, escrito en 1795. Pero ¿tiene la respuesta a la pregunta sobre qué camino deben emprender la democracia y el capitalismo?

"Zur Verfassung Europas" ("Sobre la constitución Europea") es el título de su nuevo libro, que consiste básicamente en un largo ensayo en el que describe cómo ha cambiado la esencia de nuestra democracia bajo la presión de la crisis y la histeria de los mercados. Habermas afirma que el poder se ha escapado de las manos de los pueblos y ha acabado en organismos de cuestionable legitimidad democrática, como el Consejo Europeo. Básicamente insinúa que los tecnócratas desde hace tiempo han perpetrado un golpe de Estado silencioso.

Habermas se refiere al sistema que Merkel y Sarkozy han establecido durante la crisis como una "post-democracia". El Parlamento Europeo apenas tiene influencia. La Comisión Europea ocupa "una posición extraña, en suspenso", sin responsabilizarse realmente de lo que hace. Sin embargo, señala ante todo al Consejo Europeo, al que se le otorgó una función central en el Tratado de Lisboa, algo que Habermas considera una "anomalía". Considera al Consejo como "un organismo gubernamental que actúa en política sin tener autorización para ello".

Confía en el buen juicio del pueblo

En este punto, cabe mencionar que Habermas no se caracteriza por ser una persona descontenta, pesimista ni fatalista, sino que es un optimista inquebrantable y eso es lo que le convierte en un fenómeno tan poco habitual en Alemania. Habermas cree realmente en la racionalidad de las personas. Cree en la democracia ordenada y de toda la vida. Cree realmente en una esfera pública que trabaja para mejorar las cosas. También explica por qué miró con felicidad a la audiencia en esa tarde de mediados de noviembre en París.

Mientras los activistas del movimiento de Ocupación se niegan a formular ni una sola demanda, Habermas explica en detalle precisamente por qué ve a Europa como un proyecto de civilización que no podemos permitir que fracase y por qué es necesaria la "comunidad global" para reconciliar la democracia con el capitalismo. Por otro lado, después de todo tampoco se diferencian tanto del filósofo y escritor los revolucionarios en directo del movimiento de Ocupación. Se trata básicamente de una división entre las formas de trabajar, entre lo analógico y lo digital, entre el debate y la acción.

"En algún momento después de 2008", comenta Habermas con una copa de vino blanco tras el debate, "comprendí que el proceso de expansión, integración y democratización no avanza automáticamente de forma espontánea, que es reversible, que por primera vez en la historia de la UE, estamos experimentando realmente una desarticulación de la democracia. No creo que sea posible. Nos encontramos en una encrucijada".

"La élite política en realidad no tiene ningún interés en explicar a la gente que se están tomando decisiones importantes en Estrasburgo: lo único que temen es perder su propio poder", afirma. Esto es importante para entender por qué se toma el asunto de Europa de forma personal. Tiene que ver con la Alemania maligna del pasado y la Europa buena del futuro, con la transformación del pasado en el futuro, con un continente que una vez estuvo roto por la culpabilidad y ahora está destrozado por la deuda.

Los pueblos junto a los ciudadanos de Europa

Su visión es la siguiente: "Los ciudadanos de cada país individual, que hasta ahora han tenido que aceptar que las responsabilidades se reasignaran a través de las fronteras de la soberanía, como ciudadanos europeos podrían aportar su influencia democrática para sustentar a los Gobiernos que actualmente actúan dentro de un área gris constitucional".

Este es el argumento principal de Habermas y lo que falta en la visión de Europa: una fórmula para lo que no funciona en la construcción actual. No ve la UE como una mancomunidad de Estados ni como una federación, sino más bien como algo nuevo. Es una construcción legal que han acordado los pueblos de Europa junto a los ciudadanos de Europa, en otras palabras, nosotros con nosotros mismos, de una forma dual y omitiendo a cada Gobierno. Como es lógico, con esto se acaba la base de poder de Merkel y Sarkozy, pero de todos modos es a lo que aspira.

Existe una alternativa, afirma, existe otra vía distinta al progresivo cambio en el poder del que somos testigos actualmente. Los medios de comunicación "deben" ayudar a los ciudadanos a comprender la enorme influencia que ejerce la UE en sus vidas. Los políticos sin duda "comprenderían" la gran presión que sufrirían si Europa fracasara. La UE "debe" democratizarse.

"Si fracasa el proyecto europeo", afirma, "entonces surgirá la pregunta de cuánto tiempo se tardará en volver a llegar al statu quo. Recuerden la Revolución alemana de 1848: cuando fracasó, tardamos 100 años en volver a lograr el mismo nivel de democracia de antes".

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