Literatura: Max Havelaar, el héroe incomprendido

Trabajador en una plantación holandesa de café y caucho en Java, en 1900. Foto : Anónimo/Prentenkabinet Leiden
Trabajador en una plantación holandesa de café y caucho en Java, en 1900. Foto : Anónimo/Prentenkabinet Leiden
30 diciembre 2009 – Trouw (Amsterdam)

El nombre que simboliza el comercio justo es, ante todo, el del protagonista de una novela holandesa. Este libro sobre la opresión colonial en Indonesia, publicado en 1859, sigue estando de actualidad, a pesar de un estilo de vanguardia que sigue desconcertando al lector.

El 13 de octubre de 1859, Multatuli le escribía a su mujer: "Amor mío, he terminado el libro, ¡por fin lo he terminado!". Ciento cincuenta años después celebramos el libro más importante de la literatura holandesa, en el que un funcionario holandés narra la opresión que sufre el pueblo javanés en las plantaciones de café de las Indias holandesas. Volver a leer Max Havelaar es como hacer un viaje a un país donde uno ha estado en su juventud, cuyos momentos importantes han quedado grabados en la memoria pero cuyos detalles se han borrado. Es un libro que no necesita una lectura lineal: está plagado de cambios de perspectiva, de historias mezcladas entre sí, de encadenamientos imprevistos y de otras acrobacias literarias casi sin precedentes.

Por otro lado, se ha convertido en una parte del patrimonio cultural tan imprescindible que lo conocemos más o menos incluso sin haberlo leído. Es una novela llena de pasajes convertidos en clásicos y que a lo largo de los años se han separado de su contexto, desde el asombroso comienzo con una pequeña obra de teatro, hasta el impresionante final, en el que el escritor se queja dirigiéndose directamente al rey de Holanda ("Más de treinta millones de sus súbditos son maltratados y explotados en su nombre"). Y entre ambos, el notable discurso en honor a los jefes de Lebak, el cuento del cantero japonés y la conmovedora historia de Saidjah y Adinda.

Un libro avanzado a su época

Por otra parte, el aspecto vanguardista de la novela no reside en la lengua y desde luego tampoco en los poemas que Multatuli insertó aquí y allá. Es la estructura de la novela, o incluso quizá su falta de estructura lo que siempre deja estupefacto al lector contemporáneo. Es la historia de Max Havelaar, un funcionario colonial holandés, contada por el pasante alemán Stern, quien transcribe los ejercicios literarios de un cierto Sjaalman, cuyas notas cayeron en manos de Batavus Droogstoppel un burguesito mezquino… Pero ¿quién narra el libro? Este aspecto desconcierta al lector continuamente. Es lógico que en su época esta obra no consiguiese su propósito, que era el de agitar la opinión pública con respecto a la opresión que sufrían los javaneses indígenas por parte de los colonos holandeses. El autor se esperaba una especie de lector ideal, capaz de interpretar todas las trampas, la ironía y el juego entre la ficción y la no ficción para desentrañar el mensaje esencial.

Incluso hoy en día, un lector curtido, conocedor de la literatura moderna y postmoderna, no siempre sabe qué pensar sobre esta obra. Por lo tanto no sorprende que el hombre, Eduard Douwes Dekker (el verdadero nombre de Multatuli) haya sido más convincente en su lucha contra los abusos y las autoridades que su alter ego literario, Max Havelaar. Havelaar tiene algo de semidiós y de mesías, mientras que en la vida real, Dekker actuaba con mucha menos moderación. Todo el mundo lo sabe: el Max Havelaar, que debía servir de propaganda de agitación para un mundo mejor, ha terminado siendo una gran obra literaria, nada más. Y ésta también es la razón por la cual todavía podemos disfrutarlo hoy en día.

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