Energía nuclear: El gran bluff atómico

El reactor nuclear EPR en construcción en la central de Olkiluoto, en Finlandia.
El reactor nuclear EPR en construcción en la central de Olkiluoto, en Finlandia.
13 abril 2010 – Internazionale (Roma)

Retrasos, costes exorbitantes, errores de construcción... El nuevo reactor de Olkiluoto, en Finlandia, estaba destinado a ser el buque insignia de la industria nuclear europea. Muy al contrario, acumula fallos y pone en peligro el futuro del sector.

Una de las obras más importantes para responder a los desafíos energéticos del futuro es la tercera central nuclear de Olkiluoto —un proyecto de 3.000 millones de euros— la primera central construida en el continente desde el terrible accidente de Chernóbil, en abril de 1986. Para la empresa francesa Areva, líder mundial de la energía nuclear civil, no se trata sólo de un gran proyecto, sino del escaparate de un nuevo comienzo. La instalación finlandesa, dotada de un reactor EPR llamado de “tercera generación”, debe servir como modelo para el lobby de la energía nuclear, que conoce en estos tiempos un resurgimiento tan vivo como inesperado.

Y sin embargo, nada funciona en esta obra gigantesca. Los retrasos se multiplican, hasta el punto de que la puesta en servicio de la instalación, inicialmente prevista para 2009, se ha retrasado hasta 2011. Las últimas noticias hacen pensar que será más bien en 2013. Y lo que es peor, las ONG internacionales han denunciado numerosos defectos de construcción, comenzando por Greenpeace, que ha convertido Olkiluoto en su frente principal en la lucha contra los peligros que el renacimiento de la energía nuclear impondría sobre la humanidad. Desde que se iniciaron los trabajos, hace cuatro años, Greenpeace ha contado más de mil “incidentes” de construcción o fallos de seguridad en la obra. Una letanía que contra toda expectativa no ha logrado desanimar a la población. Ésta sigue siendo favorable en más de un 55% a la energía atómica. Una paradoja, pues en 1986 los finlandeses estuvieron entre los primeros europeos que vieron pasar por encima de sus casas la nube radiactiva de Chernóbil.

Doscientos reactores en veinte años

Asustados por la muerte anunciada de los hidrocarburos, atrapados por la crisis climática y por sus compromisos de reducir las emisiones de gases de efecto invernadero, los gobiernos anuncian uno tras otro el relanzamiento del sector nuclear. Clínicamente muerto después de Chernóbil, está resucitando por todas partes, salvo en Francia, donde no necesita resucitar pues siempre ha tenido terreno abonado. Las cifras son claras: Gran Bretaña tiene previsto construir al menos dos docenas de nuevos reactores. Alemania, que había adoptado un plan de retirada definitiva de la energía nuclear al comienzo de la década de 2000, bajo el impulso del gobierno rojo y verde del canciller Schröder, está dando marcha atrás y pronto va a anunciar una “retirada de la retirada nuclear”. Suiza quiere tres reactores más, después de que el gobierno federal de Berna recibiera demandas en este sentido por parte de las principales eléctricas de la Confederación.

Incluso en Italia, país profundamente “nucleófobo”, Silvio Berlusconi acaba de dar un giro radical, con la ayuda de París, que será el encargado de aportar su experiencia nuclear al proyecto. ¿Y qué decir de Estados Unidos, de Rusia, de India y de China…? En total, contando las centrales en construcción, las programadas y las propuestas, ¡más de doscientos reactores podrían aflorar en las dos próximas décadas! Ucrania, patria de Chernóbil, ha anunciado planes para realizar veintidós “unidades” (reactores) adicionales.

Finlandia como banco de pruebas

Desde que se hizo evidente la necesidad de reducir las emisiones de gases de efecto invernadero, la energía nuclear dispone, por primera vez desde hace mucho tiempo, de una ventaja importante en el pugilato ideológico acerca de su futuro: apenas emite CO2. “La energía nuclear no contribuye a reducir las emisiones de CO2”, afirma Lauri Myllyvirta, un joven que se ha ganado cierta reputación tras encadenarse durante cinco días en lo alto de una gran grúa roja en Olkiluoto junto a otros cinco colegas de Greenpeace. “Consideren simplemente la duración de las obras y la intensidad energética necesaria para llevarlas a cabo. Tengan en cuenta la catástrofe ecológica que suponen las minas de uranio. Tengan en cuenta los cientos de miles de kilómetros recorridos por camiones de gran tonelaje para trasladar las barras de combustible nuclear desde el lugar de fabricación hasta las centrales, y desde las centrales hasta los lugares de tratamiento. Luego desde éstos hasta los lugares de almacenamiento temporal de residuos. Añadan a los convoyes de camiones las escoltas de vehículos militares o policiales, pues no se traslada el uranio como si fuera carbón...”

Petteri Tiippana, vicedirector de la STUK, la autoridad finlandesa para la supervisión de la energía nuclear, ofrece un balance escalofriante. “El problema de Areva, que es también en último término el de todos los finlandeses, es que la competencia ha desaparecido completamente desde la construcción de la última central nuclear en Europa, hace más de veinte años. Además, el EPR es un tipo nuevo de reactor: es lo mismo que decir que Finlandia ha ofrecido su territorio para que sirva de banco de pruebas. Tengo la impresión de que Areva aprende cómo hacer su trabajo a medida que lo va haciendo. Han sido demasiado optimistas, han hecho promesas que no podían cumplir, han querido ir demasiado deprisa porque querían un escaparate planetario.”

La energía nuclear compromete a largo plazo

OL-3 tendrá una vida activa de sesenta años, de acuerdo con las previsiones de TVO, la compañía eléctrica finlandesa que encargó el EPR y es propietaria de Olkiuoto. Si el reactor comenzara a funcionar en 2013, sería desconectado de la red alrededor de 2073. A menos que se produzca un milagro improbable, Lauri Myllyvirta y Petteri Tiippana, al igual que el autor de estas líneas, estarán muertos desde hará tiempo cuando se produzca el desmantelamiento definitivo de la instalación, previsto para 2120. De todas las fuentes de energía existentes, la nuclear es la única que compromete a tan largo plazo el destino de las generaciones futuras, pues no existe aún una solución definitiva para el almacenamiento de los residuos.

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