Unión Europea: No es la hora de “más Europa”

6 septiembre 2012 – Süddeutsche Zeitung (Munich)

¿Mancomunar la deuda? ¿Unión bancaria? ¿Unión política? Muchos son los cambios que se citan para solucionar la crisis política y económica que atraviesa Europa. Pero los europeos no parecen aún dispuestos a dar el paso hacia una integración mayor.

Este verano, desde que se hizo obvio que estaba teniendo lugar la última fase de la crisis del euro, al mundo político alemán le han entrado ganas de disertar acerca del futuro de Europa. Los socialdemócratas y los Verdes [en la oposición] abogan por que se mancomune la deuda europea, junto con una unión bancaria y fiscal. En pocas palabras, querrían ceder a Bruselas la soberanía del Estado sobre su presupuesto.

Muchos cristianodemócratas, auque algo más prudentes, son de la misma cuerda. Además, la CDU de Angela Merkel está muy dispuesta a hacer saber que se inclina en estos momentos por que Europa se convierta en una unión política, sin que se sepa lo que significa esto en detalle. Y como todo ello alteraría profundamente la Constitución alemana, tendría la palabra un referéndum, rápido a ser posible.

¡Calma!, se está tentado de decir. Es verdad que la Unión Europea está mal preparada para las tempestades del mundo globalizado. En esta grave crisis económica, la Unión, en su estructura política general, no mide bien sus fuerzas, y se ha visto que es inestable. Pero antes de sacrificar precipitadamente el meollo mismo de la soberanía nacional, no vendría mal preguntarse si existe algún altar sobre el que mereciese la pena sacrificar cualquier otra cosa.

La ilusoria solución milagro

Más allá de las fronteras alemanas, no hay ningún Estado ni ningún pueblo europeo dispuesto, en su gran mayoría, a renunciar a la soberanía nacional y dar el paso hacia un Estado federal europeo. Tampoco es seguro, por lo demás, que los propios alemanes aceptasen finalmente el abandono de su soberanía.

Esta crisis no ha acercado a los pueblos europeos; solo los ha vuelto más escépticos con respecto al proyecto europeo. Hace siete años, el proyecto de Constitución europea, que apenas si mermaba la soberanía nacional, fracasó penosamente en diversos referendos nacionales [en Francia y en los Países Bajos]. Un acuerdo que redujese las naciones europeas a Estados federados estaría sin duda abocado a una suerte, como poco, tan triste.

Los deseos no pueden ocultar la realidad de Europa. Incluso si se lograse convencer a algunos pueblos de que entregasen elementos claves de su soberanía a una autoridad central europea, la nueva Europa sería más pequeña, mucho más pequeña que la actual. Algunos seguirían a Gran Bretaña y abandonarían el barco. Quedaría entonces una Europa reducida a un pequeño núcleo que, cabe pensar, no sería lo bastante grande para tener peso político en el mundo.

Es comprensible que el deseo de reformar radicalmente Europa gane terreno precisamente en Alemania. Pero ese deseo no es juicioso. Justamente porque la crisis actual es más extensa y profunda que las precedentes hay que cuidarse de caer en la ilusión de las soluciones milagrosas.

No ceder al pánico

Mancomunar la deuda puede apaciguar los mercados a corto plazo, pero a largo plazo no estabilizará la UE. Las turbulencias de la moneda única no son el origen, sino la manifestación del verdadero problema de la Unión Europea: que no se tiene confianza en ella. No logra convencer ni al mundo ni a sus propios ciudadanos de su capacidad de ser un poder fuerte y fiable. Hay demasiada confusión, demasiadas divergencias en ella. No solo sobre las cuestiones económicas y financieras, sino también en lo que se refiere a la política exterior y de seguridad. Europa no ha convencido todavía al resto del mundo de que real e irreversiblemente ha llegado a ser una unidad.

Una reforma precipitada sería una chapuza. No haría sino acentuar la desconfianza que inspira Europa, y tanto más si es Alemania la que exige la reforma. Hay que frenar el debate, pues: los Estados, en primer lugar los que son poco favorables a una reforma, deben empezar por decir cómo se imaginan la Europa venidera y qué poderes debería tener según ellos. La respuesta a esta cuestión central, la de la identidad de Europa, no debe nacer del pánico de la crisis.

Para ayudar a Europa hay que dejar de fantasear sobre grandes soluciones. La crisis y la cuestión de la forma de la UE no se pueden resolver sino una a una. Lo primero es arreglar la crisis del euro, por fuerza con la exclusión de Grecia y con una intervención masiva en los mercados del Banco Central Europeo. Solo cuando haya pasado el pánico tendrán los Estados y los pueblos de la UE la calma suficiente para poder entenderse sobre la finalidad de Europa.

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