Crisis de la eurozona: Una nueva guerra de religión

7 septiembre 2012
Corriere della Sera Milán

Como en una cumbre europea. Martin Lutero en la Dieta de Worms. Fotograbado de E. Delperee, 1894.
Como en una cumbre europea. Martin Lutero en la Dieta de Worms. Fotograbado de E. Delperee, 1894.

La oposición entre países del Norte "virtuosos" y el "pródigo" Sur cada vez se asemeja más a la histórica fractura entre Protestantismo y Catolicismo, que sacudió a una Europa en cambio en el siglo XVI.

Puede que no lo sepan: en la Europa del Norte mucha gente piensa que la prima de riesgo, el diferencial entre el tipo de préstamos entre sus países "virtuosos" y los que están en dificultades, es el fruto de un pecado católico. En alemán, la palabra "schuld" no significa deuda únicamente, sino también falta. Sin embargo, este matiz semántico refleja unas diferencias culturales profundas y ayuda mejor a comprender la desconfianza -incluso el prejuicio- de ciertas naciones de la Europa del Norte hacia países a los que se considera como miembros de un despreocupado "Club Med".

La prima de riesgo entre los títulos de deuda pública españoles e italiano, por una parte, y los alemanes de la otra, termina por asimilar una supuesta superioridad ética, más discriminatorios que los presupuestos de los Estados en cuestión, retrotrayéndonos a valores que entremezclan cultura y religión, e inyectando nuevos venenos en las venas fatigadas de Europa.

Y es que en la realidad un tabú acaba de ser roto, llevando a primera plana los fantasmas de la Reforma y de la Contrarreforma, guerras combatidas a la sombra del Dios europeo. Este aspecto de las polémicas de estos últimos meses apenas ha sido evocado, pero aparece de forma intermintente, mientras que el euro ya no evoca la riqueza o la estabilidad sino el paro, la pobreza y la decadencia.

La retórica contraria a los italianos y a los mediterráneos, y, en sentido contrario, la retórica anti-alemana, se alimenta de forma consciente de estereotipos culturales pero también religiosos. Verdades "antiguas", encastradas en la memoria del Viejo Continente y que valdría la pena no exhumar a riesgo de romper el difícil compromiso entre sus naciones, que durante décadas ha garantizado la paz social y política. La incertidumbre sin embargo hace que afloren en los espíritus de los que están a favor de nuevos aislacionismos, en la convicción ilusoria de que solo uno se puede salvar con más seguridad que con otros.

"Pecados fiscales"

Este este deseo de soledad el que acarician algunos círculos de una Alemania que se declara luterana y de países de mayoría protestante como Holanda, Finlandia, y otros países del norte. A propósito de ello, Stephen Richter, director de The Globalist, un sitio web que analiza las tendencias mundiales en la era de la globalización, ha emitido esta hipótesis: si el teólogo alemán del siglo XVI Martín Lutero hubiera podido estar presente en Maastricht en 1992, cuando fueron lanzadas las bases de la unión monetaria, habría rechazado la candidatura de los países mediterráneos. Llega a imaginar incluso que Lutero podría haber declarado: "ningún país católico que no haya conocido la Reforma protestante debe entrar en el euro".

Richter es un comentarista católico, y sobre todo es alemán. Según su teoría, "un exceso de catolicismo perjudica a la salud fiscal de las naciones, incluso hoy en día, en el siglo XXI". Así, el resentimiento actual de la Europa del Norte con respecto a la "otra Europa" derivaría de que no se aplicase esa "ley de Lutero", cuya violación estaría en el origen de nuestros males. Si, al contrario, esas exhortaciones imaginarias se hubiesen interpretado correctamente, "el euro sería más coherente y la economía europea no se encontraría en tales dificultades". En pocas palabras: para analizar si una nación es capaz de formar parte de la moneda única, no se debería haber examinado sus finanzas, sino sus cromosomas religiosos. Todo habría sido entonces más fácil. Por lo demás, es muy simple: los llamados Pigs, o Piigs, acrónimo en inglés formado por las primeras letras de Portugal, Irlanda, Grecia y España, a los cuales, con la doble i, se añade Italia, son todos --salvo Grecia, ortodoxa-- países de mayoría católica.

La novedad es que esta etiqueta ha tomado últimamente un sentido no solo coyuntural, ligado a una crisis del capitalismo financiero exportada desde Estados Unidos, sino de una sentencia, de una condena definitiva de una cultura, de una manera de gobernar, y más aún, de una religión. En el origen de esta "falta" de las naciones endeudas estaría su incapacidad de emanciparse del catolicismo: un modo de vida más aún que una fe, que se permite pasar de la compra de las indulgencias para hacerse perdonar los pecados a una tolerancia excesiva en materia de "pecados fiscales". La polémica lleva a algunos economistas, sobre todo españoles, a remontarse a los orígenes del capitalismo para desmentir los orígenes protestantes y oponerles su dinamismo en la católica España en los tiempos, precisamente, de la Reforma y de la Contrarreforma.

La georreligión de la prima de riesgo

Pero la diatriba retrospectiva sobre el abolengo de la nobleza capitalista de los unos o de los otros no hace más que confirmar la ambigüedad de una operación que bien podría anunciar una ruptura en vez de una reconciliación europea. Para el alemán medio, la ayuda de los fondos europeos de estabilización financiera a los "malos alumnos" sería una concesión inaceptable a la "cultura del pecado" y de la deuda omnipresente en una Europa católica considerada incorregible. Resulta difícil de comprender, sin tener en cuenta este contexto, la incomunicabilidad aparente entre las clases dirigentes europeas ni la tentativa de algunos círculos políticos y económicos de instrumentalizarla y sacar partido de ella. Parecería, pues, que sobre la crisis de los mercados financieros se intenta resucitar un conflicto entre católicos y luteranos, con las polémicas sobre las ayudas como casus belli. Para algunos, el conflicto se explica por la desviación del eje europeo hacia el Norte y el Este, y por lo tanto, como consecuencia de la ampliación de la Unión, por una influencia creciente de las naciones protestantes. No es una casualidad que se diga hoy que Finlandia está en el núcleo de la Unión Europea, mientras que Italia estaría en la periferia. Es una de las numerosas consecuencias del fin de la Guerra Fría.

Tras una comunidad europea que ha desarrollado su unidad a lo largo de un eje centro-sur, Alemania-Francia-Italia, nos encontramos ahora con una comunidad en la cual la nación alemana ha instaurado su hegemonía y que a veces parece cultivar la revancha de las tradiciones protestantes y del Este sobre los católicos alemanes y su entusiasmo por Europa. La canciller Angela Merkel viene de Alemania del Este y es hija de un pastor protestante. Joachim Gauck fue pastor luterano. Pero, en su versión luterana, la georreligión de la prima de riesgo tiende a desequilibrar algunas realidades político-geográficas. Si la deuda es además una falta que debe expiarse, cuya absolución ya no se puede adquirir, las excomuniones y la llamada supremacía geoeconómica y georreligiosa amenazan con despertar demonios que bien podrían hacer que Europa retroceda, no ya unos años, sino varias décadas; hasta las más sombrías del siglo pasado.

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