Instituciones: Una Unión demasiado opaca

El Berlaymont, sede de la Comisión Europea, en Bruselas (foto: Herman Beun)
El Berlaymont, sede de la Comisión Europea, en Bruselas (foto: Herman Beun)
15 junio 2009 – Spiked (Londres)

Los ciudadanos europeos no parecen interesarse en la UE. Para el sociólogo Frank Furedi, esta apatía se debe a la cultura de "puerta cerrada" de la Unión y a sus instituciones, exentas de todo control democrático.

Sólo el 43% de los electores europeos se tomó la molestia de ir votar la semana pasada, con lo que la participación baja todavía más respecto al 45,5% registrado en 2004. Aunque a José Manuel Barroso este porcentaje todavía le basta: “En líneas generales, está claro que la victoria recae sobre los partidos y candidatos que apoyan el proyecto europeo y que quieren que la Unión adopte políticas que respondan a sus preocupaciones cotidianas”, ha declarado ante tan desolador resultado.

Después de oír al presidente de la Comisión Europea calificando la reticencia de la mayor parte de los ciudadanos a acercarse a las urnas de “victoria innegable”, uno no puede más que preguntarse en qué mundo político vivirá Barroso, ya que la actitud de los votantes hacia las europeas trasluce sobre todo insatisfacción, frustración y falta de confianza. Una de las conclusiones de una encuesta alemana en la que participaron unos 12.000 europeos fue que el 60% de ellos no pensaban votar porque "se les mentía para obtener su voto". Más de la mitad de ellos consideraba que su voto “no iba a mejorar nada”.

Como tiene por costumbre, la clase política europea cree que esta actitud fatalista es la consecuencia de que los ciudadanos no conocen bien Europa. “La abstención de los votantes no es una crítica a la Unión Europea y a sus procesos políticos”, comenta el Doctor Hermann Schmitt, del Centro de Investigación Social Europea de Mannheim. Según él, la falta de interés deriva de que Europa no sabe cómo “presentarse” a sí misma. Por eso la Comisión ha comenzado a tantear a los jóvenes a través de ingeniosos cortes publicitarios en la MTV.

Graham Watson, del Grupo Liberal Europeo, no consigue entender por qué la abstención es tan alta. “Tenemos que averiguar por qué los electores no van a votar”, ha declarado. Aparentemente, los políticos europeos más importantes viven tan alejados de la realidad que para ellos el votante es una especie exótica y enigmática que merece ser “estudiada” para poder descifrar sus costumbres y sus preferencias.

Sin embargo hay muchas señales que indican que el desengaño de la población es la consecuencia de un proyecto que aleja la toma de decisiones políticas del campo de visión de los ciudadanos. Una de las características del proceso político europeo es que no se ve sometido a la presión pública y a la justificación política que les toca a los parlamentos nacionales.

Bruno Waterfield, corresponsal del Daily Telegraph en Bruselas, considera que “ha nacido una nueva forma de intervencionismo”, que permite “extender las zonas de autoridad al mismo tiempo que se circunscriben a un mundo cerrado y privado compuesto por burócratas y diplomáticos”. Más concretamente, la mayor parte de la legislación europea la redactan los centenares de grupos de trabajo secretos creados por el Consejo de la UE. Estas instituciones desconocidas para el público eluden los canales habituales del deber de justificación democrática. Esta institucionalización de la toma de decisiones de forma aislada implica inevitablemente una disminución de la capacidad de los políticos europeos para motivar e inspirar a los votantes. La alta abstención no es un problema de presentación, sino el resultado lógico de un sistema de maniobras políticas que se desarrolla entre bastidores y que hace que los dirigentes europeos parezcan burócratas en vez de líderes políticos.

Desde que todo está de capa caída, la Unión Europea intenta asustar a los votantes para que se acerquen a las urnas. “Si los ciudadanos no votan, se arriesgan a que haya más partidos extremistas o marginales”, advertía Hans-Gert Poettering, presidente del Parlamento. Por lo tanto, el mensaje principal de los dirigentes de la Unión es que hay que votar para mantener a los extremistas atados en corto, en vez de votar provechosamente con objeto de obtener algo concreto.

Paradójicamente, esta cultura de hacer política a puerta cerrada ha creado un entorno que favorece el aumento de la frustración política y del resentimiento. En estas circunstancias, los movimientos que sean capaces de aprovecharse de la insatisfacción y del enfado de los ciudadanos para enfrentarse a la política tradicional, pueden llevar a cabo progresos considerables. Por lo tanto no resulta sorprendente que los partidos nacionalistas de derechas avancen en países como Hungría, Austria, Francia, Polonia o los Países Bajos. Lo que provoca el respaldo a estos partidos no es otra cosa más que el cinismo de la élite europea.

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