Debate: Todos los males de Europa

12 noviembre 2012 – Polska The Times (Varsovia)

El viejo continente sufre al mismo tiempo una crisis económica moderada, una grave crisis política, una dramática crisis de civilización y una crisis espiritual quizás mortal, advierte el filósofo polaco Marcin Król.

Sabemos que Europa casi siembre ha estado en crisis. La diferencia entre la inquietud permanente de la crisis que se sentía en el pasado y la situación actual estriba en que antes, Europa poseía una capacidad de autorreflexión y de autocrítica que le permitía superar las sucesivas crisis. Actualmente, ya no cuenta con esa facultad. Sencillamente, la Europa de antes ya no existe.

Nos resulta difícil contemplar un mundo futuro sin Europa, quizás no una Europa líder, sino esa portadora de normas básicas y de principios para nosotros mismos y para las generaciones futuras. Europa es nuestra forma de existencia, la única que tenemos. Cuando Europa huye, desaparece y se debilita hasta el extremo, la observamos sin saber qué hacer.

Las diferentes respuestas

La mayoría de las veces, se plantean tres tipos de respuestas. La primera hace un llamamiento a volver a soluciones probadas, bajo diversas formas del Estado del bienestar o socialdemócrata.

El segundo tipo de respuesta consiste en decir que la crisis no es ni únicamente ni principalmente de carácter económico y exige un cambio político. Entre las visiones políticas más características, se encuentra la de una Europa federal, unida por sólidos vínculos internos. Sin embargo, esta visión agradable es tan antigua como Europa y siempre ha resultado ser errónea. Su principal defecto es que ninguna sociedad europea desea una Europa federal, por la sencilla razón de que aunque se lograra crear esa nueva Europa, sería totalmente distinta a la que consideramos como nuestra forma de existencia. Por último, el tercer tipo de respuesta se basa en la convicción de que la recuperación económica va a mejorar automáticamente todos los ámbitos de la vida europea.

Todas estas respuestas tienen un punto en común: buscan una solución en el presente. Intentamos resolver los problemas aquí y ahora, preferiblemente empleando medios ya conocidos, pero utilizándolos mejor.

Apelamos a las medidas habituales, no por falta de imaginación o de valor, sino porque no sabemos cómo actuar de otro modo. Si reflexionamos bien, se puede afirmar que, ante todo, la Europa actual se caracteriza por el miedo. Y no es el temor al posible hundimiento de la moneda, sino sobre todo el miedo intelectual y espiritual.

Cuatro grandes fracturas

El estado actual de impotencia de Europa lo han provocado las cuatro grandes fracturas de la espiritualidad y de la mentalidad de los tiempos modernos. La primera oposición es la que existe entre la religión y el misterio como clave de comprensión del mundo y la afirmación de que la religión es una superstición. La segunda es el nacionalismo del Estado-nación contra los valores y las prácticas del universalismo. El enfrentamiento entre el utilitarismo o la búsqueda del placer y la propensión de las personas a limitarse a objetivos prudentes y limitados es la tercera fractura. Seguida de la que nos separa de la democracia, es decir, la comunidad y el liberalismo como motor de la libertad individual.

Lo sabemos casi todo de la crisis actual. Los brillantes economistas sabían perfectamente que era imposible soportar la magnitud de las deudas públicas, que Grecia había superado los límites desde hacía tiempo y que dejar que la especulación financiera escapara a todo control de los Gobiernos produciría una catástrofe.

No se ignoraba el declive demográfico y los desastres que se iban a producir como consecuencia de ello en las pensiones, la sanidad y la educación [...] Todo eso era conocido de sobra, pero los políticos no quería verlo o no estaban en condiciones de abordar intelectualmente estos problemas.

Cualquier reacción seria requería tomar decisiones impopulares, que es lo que más temen los responsables políticos en las democracias actuales. Digamos sencillamente que, por ejemplo, la reforma de las pensiones introducida hace poco en casi todos los países europeos tendría que haberse aplicado diez años antes para esperar un resultado. A esto se añade que los especialistas en educación de la UE presionan para que la educación europea sustituya las universidades por escuelas profesionales, lo que demuestra una incomprensión total del hecho de que las ciencias humanas se basan en la filosofía y las ciencias duras en las matemáticas. Estas dos disciplinas actualmente son las menos subvencionadas.

El interés común une a los ciudadanos

Ya sabíamos todo eso. Por lo tanto, nuestro problema no revela una incapacidad para anticiparse a los problemas, sino nuestra reticencia a actuar. Por otro lado, los métodos técnicos para salir de la crisis, preconizados por muchos economistas, eran tan ineficaces económicamente como totalmente inadaptados para acabar con los orígenes subyacentes, espirituales e intelectuales de esta crisis.

La democracia como idea de comunidad por naturaleza debe referirse a todos los ciudadanos. Debe excluir cualquier carácter elitista y tener en cuenta al mismo tiempo la irracionalidad tanto a nivel individual como colectivo. Para unir estos dos elementos, conviene explicar a la comunidad democrática cuál es exactamente su interés común, o bien producir un estado de emoción colectivo cuando ese interés es claramente visible (lo que se denominaba en el pasado patriotismo). El interés común logra unir a los ciudadanos, más que el bien común, a pesar de las divergencias de convicciones sobre numerosas cuestiones.

No obstante, para determinar cuál es el interés común, tenemos que comprender cuáles son nuestros intereses particulares o de grupo. También tenemos que saber cómo establecer prioridades y jerarquizar los intereses. Sólo con un consenso sobre esta jerarquía podremos avanzar, más allá de la corrección de la situación actual. Y en este momento, es algo imposible.

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