Italia: Monti se niega a ser el chivo expiatorio del Cavaliere

10 diciembre 2012
La Stampa Turín

El anuncio el 7 de diciembre de la dimisión del primer ministro preocupa en Italia y en el extranjero. Pero ante el intento de Silvio Berlusconi de aprovecharse del malestar de los italianos ¿qué otra cosa podía hacer el Gobierno tecnocrático que ha impuesto tantos esfuerzos para enderezar el país?

Mario Monti dedicó un día a reflexionar. Luego, hizo el único gesto coherente con su persona, su vida y su manera de gobernar: garantizar el presupuesto de 2013 y luego presentar su dimisión.

No sólo no podía aceptar que le acusara aquel que le había entregado un país en plena desbandada, no sólo no tenía intención de mendigar durante semanas la confianza sobre cada medida, sino que tampoco deseaba recorrer un metro más de camino con el que ahora ha decidido que la culpa de todos los males reside en la moneda única. “No voy a Bruselas para cubrir a los que realizan declaraciones antieuropeas. No quiero tener nada que ver con ellos”, dijo claramente Monti al presidente de la República el 8 de diciembre, cuando anunciaba su intención de dimitir.

Un gesto claro y transparente, que obliga a cada uno a asumir sus responsabilidades y que deja a Berlusconi solo con sus convulsiones y sus cambios de opinión. Nadie discute el derecho del Cavaliere a presentarse de nuevo (aunque durante un año asegurara lo contrario), pero es intolerable que el accionista mayoritario del Gobierno técnico, que recordemos es también el primer ministro que había dejado a Italia al borde del abismo, se despierte una mañana y se distancie.

El retorno a la urgencia y a las convulsiones

No es tolerable que acuse a Monti de ser el responsable de todos los problemas de Italia, sin reconocer el trabajo realizado en un año. Ante la incapacidad de gobernar y ante la profunda desconfianza de los italianos en el sistema de partidos, el Gobierno de Monti debía servir para asegurar las cuentas del Estado y para llevarnos a unas nuevas elecciones. El pacto era que cada uno asumiera su parte de responsabilidad (y de impopularidad) para intentar evitar el colapso del país, sin ceder a las sirenas del populismo y aprovecharse del malestar social.

Ante estas premisas, ¿cómo podía pensar Angelino Alfano, jefe del Pueblo de la Libertad, el partido de Berlusconi, que Monti podía seguir gobernando si acababa de retirarle oficialmente su confianza en la Asamblea Nacional? Sólo un político de la vieja escuela y acostumbrado a los compromisos habría hecho como si no hubiera ocurrido nada. En cambio, Monti tomó nota y decidió devolver las llaves del Gobierno.

De este modo, acudiremos a las urnas en invierno, por primera vez en la historia de la República. Quizás incluso en la primera quincena de febrero, si se adelanta la votación del presupuesto y si se disuelve el Parlamento la víspera de Navidad.

Después de haber intentado hacer las cosas en orden durante doce meses, hemos vuelto a la urgencia y a ser presas de las convulsiones de la peor política. Con todos los esfuerzos y los sacrificios que hemos hecho, no nos merecemos algo así.

Ya es hora de que Italia se convierta en un país normal, previsible e incluso aburrido. Un país del que no nos avergoncemos, que pueda ocupar un lugar en Europa y se haga escuchar. Durante un año casi lo hemos sido.

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