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Italia: Sin solución para los “esclavos” de Rosarno

10 enero 2013
La Stampa Turín

Trabajadore inmigrantes esperan el autobús para ser evacuados de Rosarno, tras los enfrentamientos con habitantes de la ciudad, el 9 de enero de 2010.
Trabajadore inmigrantes esperan el autobús para ser evacuados de Rosarno, tras los enfrentamientos con habitantes de la ciudad, el 9 de enero de 2010.

A finales de 2009, los africanos que trabajaban en los campos de Calabria se sublevaron contra las condiciones de vida y de trabajo inhumanas, con lo que se reavivó el debate sobre el trabajo estacional. Tres años después, las iniciativas públicas han fracasado y se sigue explotando a los inmigrantes.

Los que dicen que todo ha vuelto a ser como antes en Rosarno, tres años después de la revuelta de los inmigrantes, los saqueos, la contra-revuelta de los italianos, la caza de hombres y por último la deportación de los africanos, se equivocan. Hoy la situación es aún peor.

Los africanos vuelven a llegar al millar, como hace tres años. Llegaron en otoño y se marcharán en primavera, tras haber recogido cítricos por 25 euros al día, aunque los patrones prefieren pagarles por pieza, para aumentar su rendimiento: un euro por la caja de mandarinas y 0,50 euros por la de naranjas, cuando cada una puede pesar de 18 a 20 kilos.

En temporada alta, trabajan tres o cuatro días a la semana, según el trabajo que haya y siempre que paguen tres euros al capataz para que los lleve al alba en una furgoneta. Los días en los que no trabajan, se les ve dando vueltas en bicicleta por la llanura, comprando en el supermercado, cociendo arroz y alas de pollo en bidones oxidados, emborrachándose con cerveza y peleándose entre ellos.

Promesas que se quedan en eso

Los gigantescos dormitorios comunes en las ruinas de las antiguas fábricas dejaron de existir hace tres años. Uno se cerró y se abandonó, el otro se demolió. Tras los sucesos, había que borrarlo todo y no sólo psicológicamente. Pero hoy, el nuevo enclave de chabolas entre Rosarno y San Ferdinando es si cabe aún peor. Las placas recogidas en los vertederos industriales que abundan en Calabria hacen añorar esos esqueletos de cemento y las paredes de chapa. Ahora los tejados son de celofán, de cartón, de plástico reciclado.

Unos terraplenes de veinte centímetros de alto sostienen estos refugios precarios, invadidos por el lodo en cuanto caen unas gotas de lluvia. Las letrinas están al fondo a la derecha: dos fosas de un metro por cuarenta centímetros cavadas en la tierra, a cielo abierto y sin ninguna protección. En la tienda más grande, que mide diez por cinco metros, se cuentan no menos de cien camas, o más bien cien colchones enmohecidos y camastros. El olor es indescriptible. Sin agua, ni desagües ni electricidad. Unos montones de basuras hacen las veces de tabiques.

“Una situación indigna, vergonzosa, un horror”, vocifera Domenico Madafferi, alcalde de San Ferdinando. Basándose en un informe sobre las condiciones de higiene “prácticamente inexistentes”, esa “situación peligrosa para salud”, el "deterioro de esas barracas" y de esas "construcciones salvajes, carentes de las condiciones mínimas de viabilidad” que "podrían ser focos de infecciones”, firmó personalmente una ordenanza de expulsión. "Una forma de poner entre la espada y la pared a la región y al Gobierno, tras reuniones inútiles, llamamientos y reclamaciones por escrito", explica. "Pero no ha cambiado nada. Sólo eran promesas".

El modelo Rosarno, ¿un milagro?

Y sin embargo, en este lugar, hace sólo un año, las autoridades inauguraron un campamento modelo: 280 plazas, tiendas amplias, una para cada cuatro personas, estufas de aceite, televisión por satélite, aseos de camping, iluminación en los pasillos, una recogida organizada de los cubos de basura, un comedor y una cocina, asistencia médica. Un trozo de Suiza en la llanura de Gioia Tauro.

La región desembolsó 55.000 euros para la gestión; la provincia pagaba la electricidad y los alcaldes, Elisabetta Tripodi de Rosarno y Domenico Madafferi de San Ferdinando, se encargaban del resto. Las asociaciones más diversas y más voluntariosas, ya fueran católicas, laicas o evangélicas, se prodigaban para ofrecer asistencia, comidas, mantas, gracias a la ayuda voluntaria de miles de personas, sin que fuera visible ni un ápice de racismo. El campamento de tiendas se añadía a los contenedores instalados en febrero de 2011: 120 inmigrantes repartidos en módulos para seis personas, con cocina y aseos en las habitaciones. No sólo se habían desmantelado los guetos, sino que el "modelo Rosarno”, toda una primicia, proporcionaba albergue y refugio a cada inmigrante por un coste de dos euros al día y por persona, en contraposición a los 45 que solía gastar Protección Civil.

Y así, aunque con un número de plazas insuficientes (400, un tercio de las necesarias), en una región en la que el estado de excepción es permanente (hace algún tiempo, las tres principales administraciones municipales llegaron a disolverse por la mafia), haber encontrado una solución urgentemente, aunque fuera de forma temporal, parecía un milagro. Pero pronto se desveló su verdadera naturaleza: se trataba de un intermedio fugaz.

Retomar la gestión del campamento

Junio de 2012: con el agotamiento de la financiación regional, se cerró y se abandonó el campamento de tiendas, a la espera de la siguiente temporada agrícola. En agosto, los alcaldes se dirigieron al Gobierno y a la región para organizarse con tiempo, pues de lo contrario volvería a reinar el caos. Y es efectivamente lo que sucedió. A finales de octubre, cuando comienza la recogida de mandarinas, el campamento, sin gestión ni administración, rápidamente fue ocupado y saturado por los inmigrantes.

Se instalaron seis por tienda, pero a ellos se les unieron rápidamente otros recién llegados. Los alcaldes exigían ayuda. No contaban con los medios, ni las estructuras, ni el personal para controlar la situación. "El Gobierno y la región se muestran renqueantes, el ministro [de Cooperación Internacional e Integración] Andrea Riccardi no responde, solo la presidencia de la República muestra algunos signos de atención, con la compra y el envío de mantas, que además son inadecuadas", afirma el alcalde con rabia. Después de unas semanas, el comedor se convirtió en un enorme dormitorio. Ya no había espacio y los últimos en llegar se pusieron a construir un poblado de chabolas adosado al campamento original.

Sin ningún tipo de mantenimiento, los desagües no eran suficientes para una población que se cuadruplicó. Los módulos equipados con aseos rápidamente se convirtieron en cloacas inutilizables, las cocinas se cerraron y los contenedores de basuras explotaron. Bastarían de 50.000 a 70.000 euros para volver a controlar la gestión del campamento, para que funcione de forma decente y eficaz hasta la primavera. Para ello sólo se necesitaría un 0,000006% del gasto público italiano y de las promesas que se escucharon hace tres años. ¿Es pedir demasiado para Rosarno?

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