Turquía: Erdogan, sentado en su torre de marfil

La policía dispersa a los manifestantes en Ankara, el 1 de junio.
La policía dispersa a los manifestantes en Ankara, el 1 de junio.
3 junio 2013 – Radikal (Estambul)

¿Por qué las manifestaciones contra un proyecto de urbanismo en Estambul se han convertido en protestas contra el poder del primer ministro? Según un editorialista, porque Erdogan se ha aislado desde hace tiempo, rechaza las críticas y parece haber optado por seguir adelante ajeno a la realidad.

A juzgar por las declaraciones realizadas por el primer ministro tras el inicio de los disturbios en Taksim, podemos comprender rápidamente dónde residen los problemas de la democracia en nuestro país. Recep Tayyip Erdogan critica a todos: a la oposición, a los manifestantes e incluso a la policía, que fue demasiado lejos al recurrir al gas lacrimógeno. Pero casualmente se olvida de criticar su acción, así como la de su Gobierno. El gobernador de Estambul también se libra.

Por lo tanto, la responsabilidad de los últimos acontecimientos recaería únicamente en funcionarios subordinados de la policía. Si fuera simplemente una cuestión de exceso policial, en un régimen democrático el Gobierno tendría que haber rendido cuentas. Sobre todo porque en Turquía no existe ninguna ley que determine precisamente en qué condiciones se debe utilizar este gas. El Gobierno, que ha dotado a la policía de este poder, ni siquiera se ha molestado en legislar aunque sea un poco sobre este asunto.

Dicho esto, la crisis que se inició en el parque Gezi va más allá del uso excesivo del gas por parte de la policía. Efectivamente, se trata de un auténtico movimiento de desobediencia civil que surge tras una movilización contra la tala de los árboles, cuya legitimidad jurídica genera muchas dudas [Radikal reveló la existencia de un informe oficial de expertos en el que se deslegitimaba este proyecto de transformación del parque Gezi]. Y observamos que la reacción es una forma de terrorismo de Estado que niega el derecho a las personas a reunirse y manifestarse.

Restricciones severas y trato violento

Erdogan, que se ha encerrado en una torre de marfil en la que no puede llegarle ninguna crítica, no quiere reconocer que los proyectos que ha iniciado y que considera útiles para la colectividad suscitan en realidad serias objeciones en muchos sectores de la sociedad. Tampoco quiere comprender que esta sociedad ya no acepta que todos los mecanismos de decisión se encuentren únicamente en manos de un solo hombre.

No quiere aceptar que el control de los medios de comunicación, que el despido de los editorialistas críticos, que la elección del nombre para el tercer puente sobre el Bósforo que ha sorprendido profundamente a los alevís [Puente Yavuz Sultan Selim, nombre turco del sultán otomano Selim I, 1470-1520, conocido por haber luchado contra el chiísmo, con que se identifican los alevís, chiíes heterodoxos anatolianos], que las severas restricciones sobre el consumo de alcohol con el pretexto de aplicar medidas sanitarias, así como el tratamiento violento de los manifestantes del parque Gezi han generado la sensación de que todo se ha impuesto a la fuerza y de que impera la tiranía.

Al primer ministro le gustaría que la ausencia críticas que caracteriza el ambiente en su partido se extendiera a toda la sociedad. Ni siquiera quiere oír las objeciones de los conservadores, los musulmanes practicantes y liberales que sin embargo le han apoyado durante mucho tiempo. Se niega a ver el profundo descontento en sectores muy distintos de la sociedad que ha provocado el aumento de su autoritarismo, cuando en realidad estaba en posición de crear el único régimen democrático del mundo musulmán que suscitaba un gran interés en el ámbito internacional.

La virtud de la flexibilidad

No ha entendido que tratar bien a la minoría, aunque goce de una mayoría cómoda, no es un síntoma de falta de poder, sino una demostración de virtud y que poder hacer alarde de flexibilidad cuando es necesario no es un signo de debilidad, sino de una gran inteligencia política.

En lugar de realizar una autocrítica, echa más leña al fuego y parece esperar que el movimiento de protesta lo retomen las organizaciones radicales para poder desacreditarlo aún más. Al declarar que va a destruir el centro cultural Atatürk [AKM, centro de congresos, sala de conciertos y de ópera, situado en la plaza Taksim] y que en su lugar va a edificar una mezquita, para poner de su parte a los musulmanes practicantes, apuesta por la polarización de la sociedad y se embarca en una empresa extremadamente arriesgada.

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