Ideas: El fin del sueño del multiculturalismo

26 julio 2013
Dziennik Gazeta Prawna Varsovia

Una pareja posa para una foto en la fiesta de Ganesh en París en agosto de 2011.
Una pareja posa para una foto en la fiesta de Ganesh en París en agosto de 2011.

El multiculturalismo, presentado como el remedio definitivo para mejorar la coexistencia con los demás, hasta ahora ha fracasado. Porque para poder coexistir pacíficamente con los demás, en primer lugar tenemos que estar en armonía con nosotros mismos, como explica el filósofo polaco Marcin Król.

Desde los años setenta, el multiculturalismo no sólo era una realidad en países como Estados Unidos, sino también una norma. Había que apoyarlo fomentando la diversidad, algo que no carecía de encanto. También había que respetarlo, porque era la expresión de las diversas "identidades" de los distintos grupos sociales, en concreto nacionales y tribales, pero también sexuales y generacionales.

Llegó un momento en el que el número de publicaciones y de conferencias sobre el Multikulti superó todos los límites razonables y muchas personas (entre las que me incluyo) empezamos a ironizar sobre esta nueva moda, incluso sobre esta obsesión.

Dicho esto, ahora nos damos cuenta de que un multiculturalismo en dosis moderadas es mucho mejor que los dos fenómenos a los que nos enfrentamos en la actualidad. La primera tendencia consiste en sustituir el multiculturalismo por una aceptación incondicional de todos los fenómenos culturales, independientemente de su origen y su contexto político, religioso, social o espiritual. En otras palabras, las novelas escandinavas, las películas iraníes, la música india y la medicinal oriental son todas manifestaciones culturales igualmente buenas. Decir “igualmente buenas” implica que carecemos de una escala de calificación relativa a nuestra cultura (europea), pero que todo lo que es bueno, es bueno, aunque no sepamos por qué.

La segunda amenaza para el multiculturalismo es el monoculturalismo estrechamente relacionado con las ideas nacionalistas, intelectualmente torpes, pero sorprendentemente atrayentes. En cierta medida, el multiculturalismo surgió precisamente por oposición al monoculturalismo. Pero el nacionalismo no es el único adversario del multiculturalismo. La hostilidad hacia las demás culturas y civilizaciones resulta cada vez más visible en las encuestas realizadas en las comunidades de inmigrantes de distintos países europeos. Al igual que en los discursos, a veces oficiales, de los dirigentes de ciertos países musulmanes.

Una cuestión de cercanía

La mayor virtud de la idea del multiculturalismo, tan subestimada durante sus momentos de gloria, era sin duda la concienciación de la existencia de una multitud de culturas y de sus diferencias. Algunos llevaban el análisis más lejos, exponiendo que estas culturas múltiples no sólo eran diferentes, sino también completamente equivalentes, o incluso elementos preciosos.

Cada cultura representa o promete valores concretos

Sin querer defender una idea tan propia del centro de Europa, debemos reconocer que la existencia de numerosas culturas y la aceptación de esta existencia no impiden que nuestra cultura nos resulte más cercana, o al menos debería ser así. Cada cultura representa o promete valores concretos y entre ellos existen algunos con los que sencillamente no podemos simpatizar como occidentales. Por ejemplo, la legislación relativa a las mujeres en ciertos países musulmanes, o en algunos países de Extremo Oriente, prácticas culinarias que consisten en comerse a nuestros queridos animales de compañía.

Es interesante destacar que el post-multiculturalismo se desarrolla cada vez más en las sociedades que se enfrentan a problemas muy complicados, y en ocasiones aún no resueltos, relacionados con la diversidad cultural.

Se trata en primer lugar de los inmigrantes que, aunque son trabajadores indispensables, no tienen ninguna intención de participar en la cultura ni en la política del país donde residen. Esto crea un auténtico problema, no sólo porque les tenemos que ofrecer las mismas prestaciones que al resto de la sociedad (educación, sanidad), sino también porque nadie posee las herramientas para integrarles en la comunidad, de modo que tengan los mismos derechos y deberes que los demás ciudadanos.

Este fenómeno es especialmente patente en Países Bajos, pero también en Alemania y en Francia. El experimento realizado en algunos países de distintas formas de obligación flexible (por ejemplo, el aprendizaje de la historia del país), no seduce ni por sus fundamentos ni por su eficacia.

Después de todo, algunos inmigrantes, sobre todo los musulmanes, proceden de países que fomentan abiertamente una posición anti-occidental. ¿Por qué motivo se volverían de repente hombres y mujeres de Occidente? ¿Por qué deberían convertirse en occidentales? ¿Podemos permitir que suceda algo así? Nadie en Europa se atreve a dar una respuesta clara a estas preguntas, y a los pocos que lo hacen se les tacha de inmediato, y con razón, de radicales, se les condena e incluso a veces se les acusa de racismo o de fascismo.

La gravedad de la situación actual

Si, tal y como expone Samuel Huntington con su "choque de civilizaciones", las diferencias culturales son un hecho y pueden convertirse en hostilidad total, ¿qué sentido tiene entonces el multiculturalismo e incluso la tolerancia? ¿Tenemos que considerar a nuestros posibles enemigos como conciudadanos o incluso como hermanos? ¿No sería mejor volver a nuestras raíces, a nuestros mitos, nuestros símbolos, nuestras tradiciones, ya no europeas, sino nacionales?

Pero rápidamente, nos damos cuenta de que en realidad no podemos aferrarnos a nada. Aunque surjan las obras culturales de territorios europeos hasta ahora poco conocidos, como los thrillers suecos, ese regreso a la tradición sólo sirve para explorar la colaboración de los suecos con la Alemania nazi. Lo cierto es que las palabras orgullosas sobre las raíces europeas están por lo general tan llenas de orgullo como de vacío.

Al observar la psicología de la vida diaria, nos damos cuenta de que sólo podremos encontrar un consenso con los demás si estamos a gusto con nosotros mismos. El fenómeno del post-multiculturalismo surge del hecho de que en Europa no estamos en armonía con nosotros mismos y que no sabemos cómo tratar esa incomodidad.

Parece que no puede aplicarse ninguno de los métodos anteriores: ni la división del mundo entre "nosotros" y "los bárbaros", ni la fascinación de la Ilustración por "el rojo y el negro", las maravillas de la naturaleza, ni la carga imperialista del "hombre blanco".

El multiculturalismo era el último intento razonable, a veces exagerado, para resolver este malestar. Actualmente la situación es mucho más grave: o decidimos que los demás no existen, o que hay que cerrarles el paso físicamente y espiritualmente, algo que sólo puede acabar en desastre.

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