Europa ante la inmigración (4/5): El mensaje de Austria a los refugiados: calladitos u os deportamos

Una manifestación de refugiados del campo de Traiskirchen de camino a Viena, el 11 de noviembre de 2012.
Una manifestación de refugiados del campo de Traiskirchen de camino a Viena, el 11 de noviembre de 2012.
14 agosto 2013 – Gazeta Wyborcza (Varsovia)

Austria, donde los cristianodemócratas son socios de la coalición en el poder, está deportando a refugiados pakistaníes, prácticamente condenándoles a muerte. Y únicamente han pasado unas semanas desde que el papa Francisco habló en su nombre. Sus palabras conmovieron a muchos, pero obviamente no llegaron a oídos de los políticos austriacos, apunta un columnista de Gazeta Wyborcza.

Toda esta desagradable historia no hubiese tenido lugar si los ilegales pakistaníes, que habían solicitado asilo en Austria, se hubiesen estado callados. Pensando que estaban en un país democrático, decidieron reclamar públicamente un trato decente. En lugar de vegetar durante años en el campo de refugiados de Traiskirchen, cerca de Viena, y de trabajar ilegalmente, convocaron manifestaciones en las calles en noviembre de 2012 para protestar por las malas condiciones en que se les atendía. Inmediatamente la policía los persiguió, así que pidieron asilo en una de las iglesias, hasta que el monasterio de la Orden de los Servitas [de los Siervos de María] les ofreció cobijo temporal. No obstante, las autoridades no olvidaron ese hecho y el domingo 4 de agosto ocho de los 40 pakistaníes involucrados en el suceso fueron arrestados y deportados inmediatamente.

Las autoridades afirman que nada evitará que las deportaciones sigan su curso

Los activistas austriacos que, junto a la Iglesia católica, apoyan a los refugiados pakistaníes, trataron por varias vías de evitar que se les deportase. Un activista compró un billete para mismo vuelo en el que se deportaba a un hombre pakistaní y trató de evitar que despegase, pero la policía lo impidió. Y lo que es aún peor, la policía se ha vuelto en contra de los propios activistas. La semana pasada la policía registró el monasterio y arrestó a tres individuos acusados de tráfico de personas. Las autoridades afirman que nada evitará que las deportaciones sigan su curso.

Miedo e impotencia

No estaría escribiendo este minucioso artículo si no hubiese conocido personalmente a refugiados pakistaníes del monasterio de Viena. Compartí con ellos unas horas en el mes de abril. Sus ojos reflejaban una mezcla de miedo e impotencia. Muchos de ellos habían sido defensores de los derechos humanos en Pakistán y tuvieron que abandonar el país. Para ellos la deportación significa una sentencia de muerte, si no a manos de las fuerzas de seguridad, en las de los talibán.

Los demandantes de asilo no podían entender por qué el Gobierno austriaco consideraba que su país de origen era un oasis democrático. Incluso recalcaron que hasta el ministro de Asuntos Exteriores de Austria había aconsejado a los turistas nacionales que se mantuviesen fuera de Pakistán. Entonces, ¿por qué cuando se trataba de refugiados las autoridades defendían que no estaban en peligro y estaban dispuestas a mandarlos de vuelta?

Austria es, sin lugar a dudas, un Estado de derecho, con normas sobre cómo tratar a los inmigrantes. Si bien es cierto que muchos asiáticos o africanos vienen a Europa exclusivamente por cuestiones económicas alegando supuestos acosos religiosos o políticos.

Un pequeño país como Austria simplemente no puede acogerlos a todos. Y la ley no debe aplicarse de forma masiva. Cada uno de los casos individuales debe ser procesado según las normas. Los refugiados no son ganado. Además, es público y notorio desde hace años que las condiciones en los campos de refugiados en Austria son bochornosas.

Pésimas condiciones

Pero aún así al Gobierno de Viena nunca le han importado las críticas y ahora ha escogido la peor manera de gestionar este asunto. La deportación de los pakistaníes empezó la víspera de la campaña electoral y cuando su defensor, el cardenal Christoph Schönborn, arzobispo de Viena, estaba fuera del país y no podía interceder en su favor. En este contexto, no sorprende que existan alegaciones de que la coalición SPÖ/ÖVP usa este asunto para sacar rédito político al jugar de cara a la galería de forma populista .

Pero no se trata únicamente de las pésimas condiciones de los refugiados en Austria. En Grecia, la policía fronteriza los persigue como si se tratase de un juego salvaje. A los italianos se les acusa de mandar furtivamente inmigrantes africanos a Alemania. En Gran Bretaña, una reciente campaña gubernamental advierte a los inmigrantes ilegales de que si no se van, acabarán en la cárcel. En Polonia, la televisión pública mostró recientemente cómo los centros de detención de inmigrantes parecen y funcionan como las cárceles habituales.

Hace un mes, en la isla italiana de Lampedusa, a la que llegan en pateras miles de africanos y donde reciben un refugio temporal, el papa Francisco dijo que quería convencer a los católicos de que cambiasen su actitud hacia la tragedia de los inmigrantes, para que se empezase a tratarlos como personas necesitadas. ¿Cuanto costará que Europa atienda su plegaria?

Lea los artículos anteriores de esta serie:

Malta y el rompecabezas de los refugiados

El problema de la integración sueca

Londres cierra sus puertas al mundo

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