Entrevista con Jürgen Habermas: “Los políticos se han equivocado con el populismo de derecha desde el principio”

Para el filósofo alemán y europeísta, los partidos democráticos europeos deberían abstenerse de seguir el juego a los populistas de extrema derecha y defender en su lugar los valores que deberían representar.

Daniel Leisegang: Después de 1989 todo el discurso fue sobre el "fin de la historia" en la democracia y la economía de mercado y hoy estamos experimentando el surgimiento de un nuevo fenómeno en forma de liderazgo autoritario / populista – desde Putin pasando por Erdogan hasta Donald Trump. Claramente, un nuevo "autoritario internacional" está logrando cada vez más definir el discurso político. ¿Fue certero su exacto contemporáneo Ralf Dahrendorf en la previsión de un siglo XXI autoritario? ¿Se puede hablar de un cambio de época?

Jürgen Habermas: Después de la transformación de 1989-90, cuando Fukuyama aprovechó el eslogan de la "post-historia", acuñado inicialmente dentro de un feroz tipo de conservadurismo, su reinterpretación expresó el triunfalismo miope de las élites occidentales que se adherían a una creencia liberal en la pre-establecida armonía de economía de mercado y democracia. Ambos elementos informan la dinámica de la modernización social, pero están vinculados a imperativos funcionales que chocan repetidamente. El equilibrio entre el crecimiento capitalista y la participación de la población -sólo aceptado a medias como socialmente justo- en el crecimiento de las economías altamente productivas sólo podía ser producido por un Estado democrático que merece este nombre. Tal equilibrio, que justifica el nombre de "democracia capitalista", era, sin embargo, dentro de una perspectiva histórica, la excepción más que la regla. Eso solo hizo que la idea de una consolidación global del "sueño americano" fuera una ilusión.

El nuevo desorden global y la impotencia de Estados Unidos y Europa con respecto a los conflictos internacionales crecientes son profundamente inquietantes y las catástrofes humanitarias en Siria o Sudán del Sur nos intranquilizan, así como los actos de terror islamista. Sin embargo, no puedo reconocer en la constelación que indica una tendencia uniforme hacia un nuevo autoritarismo, sino más bien una variedad de causas estructurales y muchas coincidencias. Lo que los une es el teclado del nacionalismo que ha comenzado a ser tocado mientras tanto en Occidente. Incluso antes de Putin y Erdogan, Rusia y Turquía no eran "democracias sin tacha". Si Occidente hubiera seguido una política algo más inteligente, podría haber establecido el rumbo de las relaciones con ambos países de manera diferente y las fuerzas liberales en sus poblaciones podrían haberse fortalecido.

¿No estamos sobreestimando las capacidades de Occidente retrospectivamente aquí?

Por supuesto, dada la variedad de sus intereses divergentes, no habría sido fácil para "Occidente" haber elegido el momento adecuado para tratar racionalmente las aspiraciones geopolíticas de una superpotencia rusa relegada o con las expectativas europeas de un irritable Gobierno turco. El caso del egomaníaco Trump, sumamente significativo para Occidente, es de un orden diferente. Con su desastrosa campaña electoral, provocó un proceso de polarización que los republicanos han estado manejando con frío cálculo desde la década de 1990 y están actuando tan inescrupulosamente que el "Gran Viejo Partido", el partido de Abraham Lincoln, no olvidemos, ha perdido completamente el control de este movimiento. Esta movilización del resentimiento está dando rienda suelta a las dislocaciones sociales de una superpotencia en declive político y económico.

Lo que yo veo, por lo tanto, como problemático, no es el modelo de un autoritario internacional al que ustedes se refieren sino la destrucción de la estabilidad política en nuestros países occidentales en su conjunto. En cualquier juicio sobre la retirada de Estados Unidos de su papel de potencia mundial siempre dispuesta a intervenir para restablecer el orden, hay que tener en cuenta los antecedentes estructurales, algo que afecta a Europa de manera similar.

La globalización económica que Washington introdujo en la década de 1970 con su agenda neoliberal ha traído consigo, medido globalmente contra China y los otros países BRIC emergentes, una relativa disminución de Occidente. Nuestras sociedades deben trabajar internamente la conciencia de este declive global junto con el crecimiento explosivo, inducido por la tecnología, en la complejidad de la vida cotidiana. Las reacciones nacionalistas están ganando terreno en los medios sociales que nunca o de forma inadecuada se han beneficiado de las ganancias de prosperidad de las grandes economías porque el siempre prometido "efecto de goteo" no se materializó a lo largo de las décadas. [...]

Leer la entrevista completa en Social Europe:

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