Referendos en Europa:

Cuando se juega a la democracia directa

13 julio 2016 – VoxEurop

Tras el resultado del referéndum celebrado el pasado 23 de junio en el Reino Unido, dicho país abandonará la Unión Europea. Una decisión que ha caído como un jarro de agua fría dentro y fuera de las fronteras británicas, y que pone de manifiesto los riesgos de las consultas directas a la población sobre asuntos de calado.

El inesperado resultado del referéndum británico celebrado el pasado 23 de junio sobre la pertenencia a la Unión Europea, favorable a la opción del Brexit, ha puesto nuevamente sobre la mesa la conveniencia de celebrar referendos según sobre qué cuestiones se decide. Y esto especialmente en tiempos que viven una creciente agitación social y política en Europa.

Ejercer la democracia directa es el último y más sublime escalón de la democracia. Pero quizá conviene ser algo maquiavélico en esta cuestión, y considerar su interés de fondo. En el fondo, los referendos que se celebran en los países de Europa para decidir sobre cuestiones europeas vienen a suplir el déficit democrático y representativo de la Unión. Los ciudadanos se rebelan contra decisiones que ven lejanas y que les afectan, y los políticos nacionales se erigen como hacedores de la voluntad popular, frente al presunto "diktat" de las instituciones europeas. Ya lo vimos en el de Grecia, luego en el de Holanda sobre Ucrania y ahora en el británico. Otros se anuncian a corto plazo, como en Hungría, para pronunciarse sobre la cuota de refugiados asignada al mismo por la Comisión Europea.

Otros referendos se han celebrado, circunscritos a cuestiones identitarias, como el celebrado en Escocia sobre su independencia del Reino Unido, en septiembre de 2014, o el que se ha venido reclamando sobre Cataluña por la misma razón, su independencia de España, y el ensayo ilegal del mismo que tuvo lugar el 9 de noviembre de 2014. El contrapunto en Europa lo ofrece Suiza, habituada a la celebración regular de referendos sobre cuestiones muy específicas que afectan al día a día de los ciudadanos. Pero se trata sin duda de una excepción.

David Cameron declaró resueltamente que el pueblo británico, educado en el parlamentarismo más antiguo de Europa, había hablado y que había que respetar su decisión. Mientras tanto, probablemente por dentro se estaría tragando las palabras que declaraba públicamente y la decisión que ha acabado con su carrera política y por la que pasará a la historia. Durante los días siguientes hemos asistido a manifestaciones para revisar dicha decisión y para la celebración de un segundo referéndum, promovido por los partidarios de la UE, que han cosechado más de 4 millones de firmas de apoyo en Internet hasta el momento. Un ejercicio de voluntarismo loable- la solicitud será debatida en el Parlamento británico el próximo 5 de septiembre-, pero con pocas posibilidades de éxito aparentemente y que deja una impresión amarga sobre cómo se ha conducido esta cuestión.

Entrar en una espiral de referendos sobre cuestiones esenciales es un peligro en ciernes para los sistemas democráticos avanzados. Para estos últimos, ejercer la democracia directa es la forma más acabada de democracia, y por tanto su culminación. Pero sobre esa base están confluyendo los movimientos nacionalistas y populistas que han crecido al calor de la crisis en los últimos años. Unos y otros apelan a que “hable el pueblo” sobre las cuestiones esenciales que afectan a la vida nacional. Sin embargo, es la democracia representativa y no la asamblearia la que se ha desarrollado modernamente en Europa. La que quiere que sus representantes políticos tomen decisiones responsables y decidan por los intereses mayoritarios de la población.

Los referendos se están convirtiendo en el perfecto instrumento para que el político oportunista de turno maneje a su antojo a la opinión pública hacia sus propósitos. Porque para celebrar la fiesta de la democracia directa se debe partir de diversas premisas: que el ciudadano maneje una información completa sobre la materia (cuestión manifiestamente ausente en el referéndum británico, a tenor de las últimas informaciones publicadas, en las que el "miedo a la inmigración masiva" fue manejado como argumento fundamental en el campo de los que defendían el Brexit), que la campaña a favor de las dos opciones- porque un referéndum supone una decisión en base a sí o no- sea conducida de manera objetiva y ausente de presiones (algo que no estuvo presente de manera alguna en la consulta ilegal catalana), y que exista la convicción de que sobre la cuestión sobre la que el pueblo se pronuncia no podrá volver a ser planteada en “al menos una generación” (hecho que tampoco está claro ni en el referéndum británico ni en el escocés-una vez que los escoceses votaron mayoritariamente por permanecer en la UE-). Es decir, tres puntos que deben ser decisivos para que un gobernante active efectivamente este resorte democrático hasta las últimas consecuencias.

Como hemos insistido, el fenómeno creciente de la celebración de referendos en Europa quizá tiene mucho que ver con el déficit democrático de la UE y la falta de representatividad de su sistema, carente de una relación directa y visible entre representantes y representados. Y aquí la Unión Europea es fruto y víctima de la propia voluntad de los Estados, que juegan con una ambigüedad calculada, culpando a la UE de una falta de resolución que no es más que la que ellos mismos imponen. Avanzar hacia un sistema europeo más representativo, más fundamentado en elecciones directas de sus representantes, en la que los ciudadanos europeos sientan cercanía con aquellos que los representan, podría ser un freno a esta espiral de referendos nacionales que puede poner en riesgo y acabar con el proyecto europeo.

La otra opción posible, dicho sea de paso, es dar la palabra a los ciudadanos europeos para que, precisamente, se pronuncien en referéndum, y de manera simultánea, sobre el tipo de Unión Europea que quieren, más que sobre si desean que su país se quede o abandone la Unión. Para que por fin sepamos si sus deseos están cerca o lejos de lo que piensan los políticos en Bruselas, y si quieren algo más parecido a una unión económica y aduanera, el statu quo del que disfrutamos, o avanzar hacia un modelo federal desde el punto de vista político. Sería el gran homenaje a la democracia directa europea. Pero para ello me remito a las condiciones necesarias para celebrar un referéndum, y los diez años de crisis económica -incluyendo el fiasco de la eurozona- le harían un flaco favor a Europa.

Ilustración de Cadei/CartoonMovement